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Catalina no puede vernos,  usa sus manos para sentir quien habla y poder narrar su vida, recordar momentos felices, y tristes también, unas de cal y otras de arena. Charlar con ella es reconocer a esas abuelas que tuvimos o quisimos tener, personajes de novelas, que cocinan ricas tortas para sus nietos mientras cuentan mil historias. No es un ser del imaginario popular, es el eje de nuestras familias, las matriarcas, las que lo saben todo. Por eso es triste leer noticias como esta, en The New York Times, que cuenta la forma en que viven miles de ancianos en Japón, muriendo solos en sus apartamentos, más de 4000 este año. Nadie los extraña hasta que llega el olor y algunos han durado años después de morir. Nueva York sufre del mismo mal, el estado se encarga de estas personas solitarias, que mueren en total anonimato, “sin respuestas sobre quién era, cual fue su vida, qué le preocupó, a quien amó o quién le amó”

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